El texto que sigue es una transcripción de fragmentos del libro Guy Debord, de Anselm Jappe.
Debord sitúa el origen del problema en el
pensamiento de Marx mismo y en la excesiva y la excesiva confianza que depositó
en los automatismos producidos por la economía, en detrimento de la práctica
consciente. El autoritarismo del que dieron prueba tanto Marx como Bakunin en
el seno de la I Internacional es producto de la degeneración de la teoría en
ideología, fruto de una infeliz indeterminación del propio proyecto con los
procedimientos de la revolución burguesa. Los anarquistas siguieron siendo en
lo sucesivo, a pesar de algunas aportaciones positivas, víctimas de su
ideología idealista y antihistórica de la libertad. La Socialdemocracia de la
II Internacional generalizó la división entre el proletariado y su representación
automatizada, lo cual la convierte en precursora del bolchevismo. La Revolución
de Octubre desembocó, tras la eliminación de las minorías radicales, en el
dominio de una burocracia que sustituye a la burguesía en cuanto expresión del
reino de la economía mercantil. Incluso Trotski compartió el autoritarismo
bolchevique; ni él ni sus seguidores reconocieron jamás en la burocracia una
verdadera clase dominante, sino solamente un “estrato parasitario”.
22 de julio de 2012
AUTORITARISMO EN MARX, BAKUNIN Y EL MOVIMIENTO OBRERO
Debord analiza agudamente
cómo el dominio absoluto de la ideología y de la mentira conduce a los
regímenes curocráticos a un irrealismo total que les coloca en una posición de
inferioridad económica frente a las sociedade de “libre mercado”. Ni siquiera
es posible reformar estos sistemas, puesto que la clase burocrática detenta los
medios de producción a través de la posesión de la ideología; no puede
renunciar, por tanto, a su mentira fundamental, que consiste en presentarse no
como una burocracia dominante, sino como expresión del poder proletario.
(...)
Representar ilusioriamente
la opción revolucionaria en el mundo fue la tarea delos países estalinistas y
sus apéndices en el mundo occidental, los partidos llamados comunistas. El
conflicto entre la URSS y China y las sucesivas rupturas entre las diversas fuerzas
burocráticas quebrantaron, sin embargo, su monopolio de la presunta opción
revolucionaria, señalando así el principio del fin de aquellos regímenes.
Debord escribe que “la descomposición mundial de la alianza mistificada
burocrática es, en último análisis, el factor más desfavorable para el
desarrollo actual de la sociedad capitalista. La burguesía está perdiendo al
adversario que la sostenía objetivamente al unificar de modo ilusorio toda
negación del orden existente”. Hoy se puede constatar que la URSS no perdió
este papel hasta que hubieron desaparecido casi enteramente los impulsos
revolucionarios que inducían al espectáculo a organizar su canalización por las
formas burocráticas. En los tiempos de la “Primavera de Praga”, en cambio, a la
que la I.S. atribuía gran importancia, Occidente apoyaba efectivamente a la
URSS.



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